Los graves problemas que aquejan en la actualidad a las democracias se basan en el escaso poder de la soberanía popular, representación, participación ciudadana y derechos sociales, entre otros; éstos condicionan a sus habitantes a los designios espurios de una “clase política” insertada en el sistema. Esta se caracteriza por la falta de honradez, formación intelectual, irresponsabilidad, corrupción, mala gestión, crispación, interés en el bien público y falta de liderazgo.

Los partidos políticos, en su constante lucha por acceder al poder, se basan, en muchas ocasiones, en adhesiones personales de todo tipo más que en afinidades ideológicas. Adhesiones, además, que cambian cada cierto tiempo en función de los intereses particulares y no de la ciudadanía, lo cual les aleja cada vez más de ella. Dan la sensación de ser empresas de reparto de cargos donde lo que prevalece para hacer carrera es la fidelidad al líder. La conexión con sus recomendadas es mínima. Los rebeldes son expulsados ​​de las listas electorales. Los puestos intermedios en la administración son utilizados para alimentar una amplia red de clientes.

Ejercen el poder del gobierno entendiéndolo como patrimonio propio y subordinado a la institución presidencial y al partido a los designios de su propia perpetuación. Para estos el nepotismo y el clientelismo son valores superiores y la impunidad es su escudo protector, avalada en muchos casos por otros poderes e instituciones del estado, grupos económicos o mediáticos.

Es indignante comprobar como ingresan personajes por el exclusivo mérito de fidelidad a las cúpulas. No tienen en cuenta que deben ser servidores públicos de conducta intachable, y no por su escasa formación personal e intelectual en la mayoría de los casos y ciertos delincuentes con prontuarios diversos. Solo buscan distinguirse de los demás y medrar sin reparar en la decencia y el bien hacer que debe regir como norma de vida

lamentablemente, la gran mayoría de esta nueva “casta” solo le interesa el adoctrinamiento y obediencia debida generando un severo deterioro a la democracia. Este limitado círculo de poder absolutista se desenvuelve en permanente conflicto cercenando las libertades y los derechos individuales provocando con estos comportamientos el progresivo empobrecimiento de la ciudadanía.

La corrupción está destruyendo y socavando estructuras democráticas llámese poder ejecutivo, legislativo o judicial. Ante esta realidad es imprescindible una profunda reestructuración, no es de recibo y es una aberración en sí misma que ciertos países cuenten con gran cantidad de agrupaciones políticas sin representatividad real ciudadana. Estas circunstancias sirven a los intereses de ciertos partidos hegemónicos que les permiten semejante diversificación para mantener su alternancia en el poder.