Ellos
también dicen no
Desde
que éramos niñas nos llenaron
la cabeza con mensajes según
los cuales todos los hombres son capaces
de hacer lo que sea con tal de meterse
bajo nuestras faldas. Tanto, que ahora
de adultas nos restriegan que las mujeres
somos las del poco apetito sexual, que
los estudios al respecto se diseñan
solo para el sexo femenino y que los
caballeros siempre son los rechazados
y abatidos. Pobrecitos.
Si además ellos, con su actitud,
reafirman que venderían el alma
al diablo para poder tener sexo, alardeando
que siempre están de humor y
es imposible que ellos digan que no,
se entiende por qué cuando ellos
nos dan la espalda, apagan la luz y
murmuran que tienen que levantarse temprano,
simplemente nos morimos de angustia.
Mucho más si el rechazo se repite.
Horror, ahí lo único que
nos queda es culparnos y llegar a conclusiones
como: tiene otra, esto se acabó,
estoy gorda y fea, ya no le parezco
sexy o el embarazo me destruyó.
Basta.
A riesgo de que me pelen, quiero contarles
que la falta de ganas en los señores
es tan común como nuestra masturbación,
y no siempre tiene que ver con nosotras.
Para empezar (y para que vean que sí
estudio), la caída de su estandarte
puede relacionarse con los genes. Es
lo que dicen algunos científicos
que encontraron, en la mayoría
de nuestros machos, una variante en
el gen DRD4, que hace que vean más
atractiva una licuadora que una faena
en la cama. Como el gustito también
tiene que ver con la cantidad de testosterona,
esta, al igual que sus ganas, va cayendo
con el tiempo.
Además, cuando son tan precoces
y llegan antes de sentarse, simplemente
nos evitan. Y ni qué hablar de
su ansiedad y su miedo al fracaso, eso
sí que se los para, pero de cabeza.
La libido varonil está en función
de su autoestima y esta última
la construyen con logros profesionales.
Aprendan niñas: si en el trabajo
no funcionan, en la cama tampoco, y
no olviden que la erección es
una extensión de su chequera
y sus balances.
Dejé para el final algo que aunque
lo neguemos a ninguna nos llena de orgullo.
Y es que en ocasiones los intimidamos
hasta lograr que su pito se convierta
en una auténtica plastilina.
Eso porquea
sus dos cabezas les da pánico
sentirse avasalladas. Ese es mi problema,
del cual aprendí que no tengo
más que hacer que callarme y
entenderlos. Hasta luego.
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